Imagina que cientos, miles de hormiguitas comienzan a subir por tus pies. Que avanzan despacio dándote un suave masaje que sigue ascendiendo, lentamente, por tus piernas, por tu espalda, por tu cintura, por tu ombligo. Que las cosquillas hacen que se te pongan los pelos de punta, y que un escalofrío recorre tu espalda, haciéndote estremecer. Imagina que por tu tripa pasan huracanes, que se te encoge el estómago y que sólo quieres más de esa sensación, como un vértigo agradable. Un precipicio por el que te asomas y sabiendo que puedes volar, que las mariposas te han dejado sus alas y que ahora eres el viento. Que esas alas te llevarán a mil sitios, te harán sentir miles de sensaciones, pero nunca te dejarán caer. Que no hay gravedad, que flotas. No estás a tres metros sobre el cielo; el cielo eres tú. Un cielo con miles de estrellas, de esas que ves en las noches de verano tan lejos. Y comienzan a caer estrellas fugaces, comienzas a pedir deseos y hay tantas estrellas, y tantos deseos, que por un momento comprendes que quieres quedarte ahí para siempre, haciéndolos realidad y descubriendo que la realidad no cumple deseos, sino que concede a cada uno lo que da, y tú te has ganado el cielo.
Ahora abre los ojos.
Ahora abre los ojos.
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